UNA CASA CON DIEZ PINOS
(fumar o dibujar, para qué complicar...)
“¿Y cuánto
influye el sol?” se preguntó y no pudo recordar cuánto. Sin embargo lo sentía,
lo padecía, y no podía descifrar cuánto.
“Te activa por
las mañanas…” recordó y algo en él se movió, se corrió de su eje; enseguida
pensó que aquello era la necesidad, que desde ese momento ocupó un lugar
inamovible en su interior clavando su uña entre ojo y ojo.
Lo sentía
lejos, no recordaba desde cuándo no despertaba bajo él, activado por su calor.
Fueron enormes ratos de duda, de subir y bajar las escaleras intentando hallar
algo de calma, buscando quizá acomodar nuevamente esa necesidad en otra parte
de su interior, y así trataba en vano que el rebotar por los escalones produjera
esa sacudida que desencarnara de entre sus ojos la uña aguda de la necesidad, quería
cada vez con más furia correrla de ahí donde quedó, arrojarla a otro rincón.
No podía. A
pasos empezaba a fastidiarse cada vez más, ya no en la escalera, ahora yendo de
la cama al living, furioso. No oía, todo a su alrededor se movía y no
distinguía ya siquiera el sonido ambiente, pues en su mente se gritaban ideas
superponiéndose unas a otras, e idas de las malas, aquellas que a ningún lugar
conducen, que nada programan, y a las que todo les falta. Motivado por la ira
empezó a sudar, olvidando completamente que lo que buscaba era algo de calma.
La ausencia lo
devoraba por dentro a la vez que se estrellaba contra el piso cuanto quedara al
filo de sus tormentosos arrebatos. Cayó el piso sin siquiera poder llorar o
gritar, su mente lo sometía.
En ese
instante, o en alguno de ellos, al menos por un segundo pudo recordarse a si
mismo, y se recordó en un domingo oscurecido, de otoño, frío hasta por ahí no
más, pero sin sol, sin calor. Se recordó inquieto y quiso no volver a estarlo,
se halló frustrado y pensó en serenarse. Respiraba y esas ideas desaparecían al
paso que lo invadía el sonido ambiente. Sintió coches yendo, viniendo, frenando;
moviéndose. Sólo entonces creyó no estar sólo en su necesidad, pensó en los
demás, en todos los miles a la redonda que ahora se fundían en un sonido
ambiente entre metálico y silvestre que lo devolvía al planeta que ocupaba.
Tuvo la certeza de no estar sólo ante
semejante necesidad. Ya con algo de paz abrió el balcón y se asomo pálido de
placer, no estaba sólo, eran miles los que oía, pero seguro millones los que también
esperaban el sol.
Respiró y una
otra vez, y así un montón más. Recordó cuánto influía y pensó que no pasaría
mucho más sin volverlo a ver, se dijo a su interior: "porai mañana" y
apagó el dolor.